Lo que florece cuando volvemos a mirar con asombro.
Junio de 2025
Un junio para siempre.
Mi suegra y mi cuñada vinieron de visita a nuestro nuevo hogar. Era la primera vez que mi suegra hacía un viaje largo, de vacaciones, y la primera vez que pisaba el oeste de Estados Unidos. Habíamos preparado el apartamento y cada detalle para que se sintieran bienvenidas.
Yo quería que cada día valiera la pena, así que preparé un itinerario de dos semanas —perfecto para si vienes de vacaciones a WA, si me preguntas te lo comparto— lleno de paisajes, historias y lugares que hasta ese momento solo habían visto en las fotos y videos que les enviábamos desde este lado del mundo.
Fueron dos semanas hermosas: llenas de amor, risas y una sensación profunda de sentirnos acompañados. Nada se compara con estar en familia, compartiendo primeras veces. Ver a Ariel regalándole tiempo de calidad a su mamá, creando memorias para siempre, fue uno de los regalos más lindos de esos días.
En estas páginas quiero dejarte una parte de ese viaje: nuestra visita a Mt. Rainier, es una fracción pequeña de todo lo que vivimos, pero sin duda uno de los momentos más especiales.
Camino a la montaña
El viernes en la mañana me fui a trabajar mientras mi suegra y mi cuñada preparaban lo necesario para el viaje. Cuando regresé al mediodía, fuimos directo a Seattle a dejar a Apolo, nuestro compañero peludo. En Mt. Rainier no se permiten perros, así que lo dejamos con Nicole, una maravillosa puertorriqueña que conocí haciendo hiking el otoño pasado. Ella también tiene un aussie, así que Apolo estaría pasándola de maravilla.
Después de recoger a Irael en la escuela, partimos hacia Ashford, donde habíamos alquilado una cabaña para el fin de semana. El trayecto fue lindo: risas, música, fotos y chistes entre paisajes nuevos.
En una parada improvisada frente a un lago, el reflejo del cielo parecía hablarnos del viaje que estábamos por vivir.
La montaña siempre se dejaba ver a lo lejos. Era imposible ignorarla.
Mi suegra, que soñaba con ver venados, los pidió en voz alta como quien lanza un deseo al universo. El primero que vimos estaba sin vida, en la orilla de la carretera. Se nos arrugó el corazón. Nadie dijo nada por unos segundos, es que no lo podíamos creer.
Al llegar al vecindario donde estaba la cabaña, el ambiente cambió: un lugar de casas de madera, banderas ondeando, caminos silenciosos y esa mezcla de soledad y misterio que tienen los pueblos del campo en EU. Mi cuñada bromeaba diciendo que, si no caíamos bien, no saldríamos vivos de allí. Reímos. En Estados Unidos hay muchos lugares así: remotos, serenos, impredecibles. Algunos son amables, otros no tanto, de todos modos nunca permitimos que eso nos impida disfrutar de lo que deseamos.
Y entonces, al abrir la puerta de la cabaña, todo cambió.
Era un sueño: techos altos, espacios amplios, un patio inmenso con un fire pit listo para los s’mores.
“Yo nunca había estado en un lugar así”, dijo mi suegra, con los ojos brillando.
Esa frase me tocó profundo. Hoy disfruto demasiado el crear momentos donde otros vivan sus primeras veces, donde puedan cumplir pequeños sueños. Creo que el amor también se construye así, creando experiencias que se guardan en la memoria.
Esa noche cenamos lo que habíamos llevado y nos acostamos temprano. Al amanecer nos esperaba la montaña.
Mt. Rainier
Nos levantamos a las cinco de la mañana. Estábamos a solo catorce minutos de la entrada del parque, pero había leído que las filas podían ser eternas si llegábamos tarde. Preparamos el desayuno, los snacks y las mochilas. En Mt. Rainier no abundan los lugares para comer, así que hay que ir listos.
El camino fue un regalo.
Pinos interminables, ríos que paseaban entre rocas, el aire fresco que huele a limpio, y esa sensación de estar entrando a algo sagrado. El viento a través de la ventana se sentía diferente allí arriba.
Los nativos americanos llamaban a esta montaña Tahoma: “Mother of waters”, “One who touches the sky”. Ese nombre tuvo todo el sentido.
Paramos en un mirador. Frente a nosotros, la montaña parecía infinita. Una cascada a lo lejos caía como un hilo de plata, se veía diminuta ante tanta inmensidad. No pude evitar recordar nuestra primera visita en 2019, cuando aún vivíamos en Puerto Rico y soñábamos con mudarnos aquí. Ariel y yo nos transportamos a ese momento y me decía “Betsy, estamos aquí”, aunque ambos lo queríamos, por mucho tiempo llegamos a pensar que tal vez no estaba para nosotros y mira.
Tengo una foto de ese día del 2019: Ariel, Irael y yo en ese mismo punto, aprendiendo de un viajero polaco cómo hacer que los pajaritos se acercaran a nuestras manos.
Cinco años después, estábamos otra vez allí. Pero esta vez, viviendo ese sueño junto a nuestra familia.
Pidan con fe y caminen hacia eso.
Seguimos hasta Paradise.
En junio, todavía hay nieve. Algunos senderos estaban cerrados, pero no importó, estar allí bastaba.
Mi suegra nunca había visto nieve. Su cara lo decía todo. Ariel y yo intentamos subir un poco, pero sin equipo de nieve era imposible. No hacía falta más, ese momento ya era perfecto. Los zapatos resbalaban, mi suegra se agarraba de Ariel mientras Irael le hacía maldades a su abuela y le tiraba hielo por el cuello.
Primer sendero
En el regreso paramos en Narada Falls. El sendero estaba abierto y decidimos bajar.
Puedo decir, con una sonrisa, que mi suegra hizo su primer hiking conmigo.
La cascada era imponente, un arcoíris se abría entre las gotas y, sin darnos cuenta, nos bautizó con el mist de agua que creaba la fuerza de su caída. Sentí que ese arcoíris nos estaba dando la bienvenida a una nueva etapa.
Ariel grabó videos, Irael pedía comida, y reíamos.
Esa escena quedará para siempre.
Minutos más tarde, ya con hambre, encontramos un pequeño restaurante ucraniano con café: Ukrainian Cuisine Restaurant. Después, recogimos pizzas y hamburguers en Rainier BaseCamp Bar & Grill, donde también se pueden reservar expediciones guiadas para Mt. Rainier.
La tarde la pasamos descansando, viendo películas y hablando de todo un poco. En la tarde noche, prendimos el fuego, no fue nada fácil, no sabemos mucho de eso.
Entre risas y s’mores, apareció a lo lejos un venado. Mi suegra ya dormía, así que no lo vio.
Pero el universo tenía guardado otro momento para ella.
La señal
A la mañana siguiente, mientras hacíamos el desayuno, mi cuñada gritó:
—¡Mira, mami, un venado!
Y ahí estaba, asomado entre los árboles, quieto, se veía a través de la ventana.
Salimos.
Mi suegra lo miraba con los ojos llenos de ternura y le habló bajito, como si se conocieran de antes.
Era su primera vez viendo un venado —vivo.
Y fue perfecto.
Otra primera vez para su historia.
Y para la mía, verla a ella vivirla. Hay algo sanador en presenciar la alegría de quienes queremos, más aún luego de momentos complicados en la vida.
Regresamos a casa con el corazón lleno.
Dos semanas, mil memorias, incontables primeras veces.
Cada una de ellas un recordatorio de lo afortunados que somos de poder compartir la vida, la distancia y los sueños —juntos— en este rincón del mundo.











Nos seguimos leyendo en el camino;
Betsy
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